Hace unas semanas tuve la oportunidad de trabajar en un nuevo proyecto en San Carlos de Bariloche, específicamente en la zona de Llao Llao, sobre la costa sudoeste del lago Nahuel Huapi. Me convocaron para participar en la elaboración del Informe de Sensibilidad Ambiental (ISA) de una parcela de poco más de 4 hectáreas, un requisito indispensable para cualquier futura acción urbanística en el área.
¿Qué implicó este trabajo?
El objetivo era claro: caracterizar las condiciones ambientales del predio y definir qué sectores presentan mayor sensibilidad, ya sea por su valor natural, su riesgo ambiental o su interés cultural. Para eso, realicé un relevamiento ambiental integral que abarcó desde aspectos físicos y ecológicos hasta patrimoniales.
Trabajé sobre la topografía y geología del sitio, identificando zonas de pendientes marcadas, suelos susceptibles a erosión y formaciones rocosas de interés. Relevé la vegetación actual mediante imágenes satelitales y un trabajo de campo específico, lo que me permitió distinguir áreas dominadas por especies exóticas invasoras como pinos, retamas y acacias, y remanentes valiosos de bosque nativo con maitenes, cipreses y pataguas.
También me ocupé de analizar la cercanía a cuerpos de agua, fundamental en un entorno peri lacustre como este, y de identificar la sensibilidad arqueológica del sitio, ya que se encuentra en un área considerada de alta probabilidad de presencia de restos culturales.
Con toda esta información, generé una informe de sensibilidad ambiental (ISA), integrando variables como pendiente, cobertura vegetal, altitud y proximidad al lago, ponderadas según su importancia. El trabajo se tradujo en mapas temáticos elaborados en SIG, que permiten visualizar con claridad qué sectores conviene intervenir y cuáles deberían conservarse sin alteraciones.
¿Para qué sirve todo esto?
Este tipo de estudios son claves para planificar de manera ordenada y ambientalmente responsable. Saber dónde construir, dónde conservar, y qué zonas requieren restauración ambiental evita errores frecuentes en entornos cordilleranos y permite reducir riesgos como la erosión, los incendios o el desplazamiento de especies nativas.
A partir de los resultados, propuse recomendaciones concretas: control de especies invasoras, revegetación con nativas, mantenimiento de coberturas vegetales en zonas de pendiente y acciones preventivas para minimizar riesgos de incendio y caída de árboles. El resultado se plasmó en un mapa de Sensibilidad Ambiental:
Lo que me dejó este trabajo
Más allá de los datos, este trabajo me confirmó algo que siempre defiendo: cada parcela tiene su historia ambiental y su dinámica particular. Esta en particular había pasado de chacra frutal a camping, y esa antropización histórica explica buena parte de su configuración actual.
Fue un buen ejercicio de lectura de paisaje, de interpretación de procesos ecológicos y sociales, y de aplicación práctica de herramientas como los SIG y los relevamientos fenológicos a partir de imágenes satelitales históricas.
Me gusta este tipo de desafíos porque combinan trabajo de gabinete, horas de campo y criterio ambiental aplicado a la gestión territorial. Y porque aportan —aunque sea desde un lote— a la construcción de un territorio mejor planificado y más respetuoso de su ambiente.








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